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Dos veces al año no hace daño

Siempre y cuando el vicio no se convierta en costumbre
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May 22

La música del azar

"Hola Espero que te gusten las fotos ; me las hice ayer y".
Con esa gran frase ha entrado un virus informático en mi vida. Y es insistente, porque en cuanto abro algo en lo que se puede escribir (internet, documento de word, este mismo editor de entradas), la repite una y otra vez. Esto, unido a otras trastadas como abrir y cerrar ventanas a lo loco, hace que no pueda tener una conversación normal por el messenger y que acuséis una ausencia irreparable.
Es curioso. Toda la vida con la misma dirección de hotmail, decido cambiarla, como despedida escribir una entrada a un blog (algo que estaba dispuesto a no hacer nunca) y, justo la tarde anterior a la inauguración de mi cuenta nueva, me pasa esto.
Para alguien que cree tanto en el azar como yo, esto viene a ser casi como una revelación y, para mantener el contacto con el mundo exterior y que sepáis que sigo vivo, voy a escribir otra estupidez.
 
 
 
 
Dos velas de luz tenue pisan un suelo cubierto con serrín mientras piensan que ése es un buen sitio para enterrarse. Dos cigarros expulsan su humo, que se riza según asciende, hasta que ambos se entrelazan en un lujurioso torbellino gris. Dos miradas siguen bajas, admirando las vetas de la madera de la barra. Dos dedos siguen jugueteando con los bordes de sus respectivos vasos medio vacíos (o medio llenos).
Al fondo, un contrabajo tose con elegancia y un pianista con sombrero saca notas azules de entre las teclas blancas y negras.
Dos suspiros siguen mal el compás de la música. Dos lenguas resecas le roban el poco agua que le queda a su par de labios correspondiente. Dos billetes llegan a manos del camarero y, al instante, dos asientos quedan libres. Dos sueños perdidos salen del bar y contemplan dos carreteras distintas. Un pantalón y una falda siguen cada uno su propio camino.
Dos desconocidos se camuflan en la oscuridad y cierran cada uno su par de ojos. Dos noctámbulos dibujan pares de pisadas en arenas alejadas entre sí para dejarse mecer por innumerables olas y que no quede ni un solo recuerdo.
 
El azar podría haber volcado un vaso, provocado una tos, elevado el tono de la voz de alguno de los dos mientras cantaban, levantado alguna cabeza, despertado la curiosidad en alguna mirada... Pero prefirió no hacer nada de eso. Se quedó contemplando a aquellos dos tahúres, que esa noche volverían a su casa sin dinero en los bolsillos. Abrió de par en par sus ojos de serpiente y colocó siete hojas de ortiga en la cartera de cada uno. Y aún tuvo tiempo para que, según los desafortunados en el juego y afortunados en el amor salían del bar, sonara desde su interior aquella canción de Nilsson que decía: "One is the loneliest number that you'll ever do; two can be as bad as one, is the loneliest number since the number one".
No va más.
 
¡Saludos para todos y besos para todas!
May 16

The Seeker

Efectivamente. El momento que tanto estabais esperando ha llegado: yo también he caído en el mundo de los espacios del messenger. Pero mi caso va a ser un poco especial.
El motivo por el que abro este espacio es porque me cambio de cuenta de hotmail, que va a pasar a ser elconcetoeselconceto@hotmail.com. Así os doy tiempo para que preparéis palabras amables para ese esperado momento en el que os agregue. Podéis ir haciéndolo vosotros y me ahorráis trabajo, pero allá vosotros con vuestra conciencia.
Podríais pensar, y con toda la razón del mundo, que menuda gilipollez, que no hace falta hacer un espacio para eso (que por cierto menudo coñazo, creía que era más sencillo). Pero la verdad es que me hacía ilusión y que, después de cotillear tantos espacios, me apetecía escribir alguna chorrada aquí, en el mío. Además, no corro peligro de caer en la adicción porque sólo escribiré esta entrada, mientras voy preparando el cambio a la otra cuenta.
De modo que avisados quedáis.
 
***Aviso: hasta aquí llega la obligación de leer. A partir de este punto la dirección no se hace responsable de las ganas de vomitar que les produzca el relato publicado. Cualquier parecido con literatura decente es pura coña.***
 
 
 
 
La carretera se extendía más allá del horizonte, serpenteando cerca de una montaña a la cual a veces llegaba a rozar para luego volver a separarse, como si estuviera coqueteando con ella. La luz del sol del mediodía de un martes doraba el asfalto y una pequeña flota de nubes blancas surcaba lentamente el mar del cielo.
Un viejo coche irrumpió en esta escena surrealista. Su conductor era un escritor borracho con barba de tres días, gafas de sol (bajo las cuales se ocultaba una mirada marrón cansada) y pelo largo y liso. Aunque era el piloto del coche, podría decirse que éste iba a la deriva: la mano izquierda del escritor sujetaba un cigarro y punteaba las cuerdas de una guitarra imaginaria, a la vez que su mano derecha se deslizaba por los trastes aéreos y su voz se intentaba sincronizar a la de Roger Daltrey mientras cantaba "I'm free".
En el coche del escritor no viajaba nadie, pero el asiento del copiloto no estaba vacío. Sobre él descansaba un gran taco de folios, aquel relato corto que había empezado una primavera hacía años y que había derivado en una mezcla de imágenes inconexas y caóticas que se extendían a lo largo de 2906 páginas. Aquel libro estaba absorbiendo su vida; desde que pasó de la página 100, se obsesionó con ponerle final y vagó en su coche, esperando vivir una experiencia que le inspirara lo suficiente como para terminar aquella tortura. No sólo no lo consiguió, sino que los folios comenzaron a apilarse y no pararon de crecer. Era como si siguiese los pasos de Michael Douglas en "Jóvenes prodigiosos".
Hoy ya llevaba varias horas conduciendo y la noche anterior había dormido poco, así que los rayos del sol bajaron el volumen de la música y comenzaron a acunarle. Todo se movía despacio y los sonidos llegaban distorsionados, como si los escuchara debajo del agua. Llegó el momento en que la situación se hizo insostenible y tuvo que parar a descansar. Cuando despertó, vio el mar del norte ante él. No recordaba qué caminos había recorrido, pero la ilusión se apoderó de él porque pensó que su llegada hasta el mar había sido cosa del destino y que el final del libro estaba cerca.
Condujo hasta un acantilado y se sentó en el borde del risco con la paciencia y seguridad del que apoya el cañón de su pistola sobre una nuca ajena y quieta, y sólo espera el momento adecuado. Sabía que dentro de poco se desharía de la carga de todas esas páginas. Pero al cabo de escasos minutos se dio cuenta de que aquella piedra que tenía a sus espaldas era demasiado pesada. No sólo no se le ocurría un final, sino que las emociones que había sentido durante este último día le habían afectado tanto como para llenar cinco folios más; cinco folios que volvían a ocultar el final del libro entre la niebla. Cayó presa de un llanto histérico, cogió su libro, y se dirigó a la última página para leer la última frase que había escrito. Era una frase inacabada, que decía: "Sus labios agrietados, enterrados en sal, huyeron despavoridos del azul del mar a través de aros de fuego, hasta llegar a..." Sin dar tiempo a su mente para que ideara una forma de dibujar más renglones, escribió "Fin", se puso de pie y tiró las 2906 páginas por el acantilado.
Ningún remordimiento cruzó el pensamiento del escritor. Para él, aquellos papeles que estaban apunto de desaparecer no eran más que un grupo de borrachos que zigzagueaban en su caída, incapaces de mantener la línea recta. Quizá algún otro espectador hubiera pensado que, más bien, eran sentimientos que se resistían a morir, y que por ello retrasaban su fallecimiento alargando su camino.
Una vez que el último papel desapareció de su vista, el escritor sonrió de oreja a oreja mientras respiraba atropelladamente, frenando lentamente el llanto desconsolado y neurótico que se había apoderado de él.
Los petirrojos callaron y desempolvaron sus cometas negras. Las cenizas brotaron y dieron como fruto guitarras con doce medias cuerdas. Los solitarios brindaron con vasos rotos. El viento golpeó al mar como la vara del maestro a la palma del niño y se detuvo el oleaje. El hígado de Prometeo dejó de crecer y éste cayó dormido al instante mientras el águila intentaba picotearle los ojos.
Al mismo tiempo que todo esto sucedía, el escritor volvía feliz a su coche y usaba sus dos manos para coger con fuerza el volante, a la vez que cantaba a gritos "Whatever", de Oasis. La cámara comenzó a elevarse hacia el cielo, alejándose y abriendo cada vez más el plano. Y llegó un momento en que la imagen del coche parecía no ser más que una insignificante mota de polvo mecida a su antojo por el viento, mientras el hombre que iba en su interior se dejaba seducir
por una inocencia infantil que le prometía labios rojos, vestidos verdes y arcos y manos que sabrían sacar anfetamínicas semifusas, relampagueantes fusas, alocadas semicorcheas, juguetonas corcheas, majestuosas negras, sonrientes blancas, pensativas redondas y enamorados silencios de su cuerpo de madera envejecida.

¡Saludos para todos y besos para todas!
 
 

Pablo Sebastián

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Soy un chaval de perfil apolíneo y de inteligencia viva y rápida. Anoréxico, insomne y 11811 son adjetivos que tampoco me quedan mal. Estudio biología y aún no he decido cuál de las dos salidas voy a tomar: si cajero del DIA para, cada tres clientes, decir por el micrófono "Mari, dame cambio"; o convertirme en asiduo de las revistas del corazón para tener un hijo idiota que muerda micrófonos y hacer posados de verano por todas las playas de Jespaña.
Dentro de unos años me veo con síndrome de Diógenes, gritando "El milenarismo fa llegaaaar", adoptando un niño y llamándole Frankenstein y todavía imitando a Mick Jagger delante de todos los espejos de mi casa.
¡Gracias por tu visita!
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